Vida Fraterna en Comunidad

Vida fraterna en comunidad: ¿crisis o transformación?

Los tiempos de la posmodernidad influyen en las realidades temporales.
Las mujeres consagradas, sin ser del mundo, están insertas en el mundo y deben tener mucho cuidado para no quedar salpicadas de los criterios del mundo. Y no porque las realidades y los criterios del mundo sean malos en sí mismos, sino porque las religiosas están llamadas a transformar el mundo y no a ser transformadas y asimiladas por él.

Los cambios profundos en los últimos cincuenta años han influido más en la concepción y formación del hombre que otros cambios a lo largo de la historia. Y son precisamente estos cambios los que la mujer consagrada, desde su propia consagración, está llamada a iluminar, para darle un sentido y una dirección adecuada.

Tales eran los auspicios del Concilio: lograr una puesta al día de la vida consagrada para que pudiera la religiosa dialogar con el mundo y así presentar la buena noticia del Evangelio, adaptándose a las nuevas realidades.
La mujer consagrada estaba llamada a entender el mundo y a hacerse entender por él.

Sin embargo, no todo ha sido miel sobre hojuelas. Muchas religiosas han interpretado la puesta en día querido por el Concilio –el aggiornamento- en forma errada y ahí en dónde debía haber brillado una luz que iluminara las realidades terrenas y los cambios dramáticos que se estaban dando en forma espectacular a partir de la década de los sesentas, se ha dado tan sólo duda y sombra, porque muchas de estas almas consagradas se han adecuado al mundo.

Uno de los ámbitos que más han sufrido este tipo de transformaciones ha sido el de la vida fraterna en comunidad y sus distintos modos de vivirla en las diversas comunidades religiosas.

El desarrollo teológico y canónico posconciliar, los cambios profundos en la sociedad y en la vida religiosa han originado una nueva valoración y vivencia de la vida fraterna en comunidad provocando en algunos casos una saludable purificación de elementos meramente externos y culturales que se habían insertado en la vida fraterna en comunidad, haciendo creer que eran elementos esenciales, llegando a opacar o perder de vista el brillo de una vida vivida en familia, a semejanza del Fundador/a y las primeras religiosas.

Lamentablemente estos desarrollos y cambios dirigidos a beber el primigenio espíritu de comunidad de las mismas fuentes de donde brotaron, han originado en no pocos casos un deterioro en la vida fraterna en comunidad, hasta llegar al caso de plantearse seriamente si este elemento fuese totalmente indispensable para la vida consagrada.
Si antes se había criticado a la vida fraterna en comunidad por haberse confundido con diversos elementos culturales no esenciales, ahora sucede que en aras de una mayor adaptación a los tiempos actuales, se ha caído en el mismo problema, ya que al diluirse los elementos esenciales de la vida consagrada, entre ellos, la vida fraterna en comunidad, se ha perdido lo esencial por buscar lo accidental, esto es, elementos culturales accidentales y no esenciales a la vida consagrada que se encuentran de boga en el mundo.

Cuando se pierde el centro de la vida fraterna en comunidad, se busca sustituirlo
con elementos provenientes de algunas ciencias humanas y los resultados no han
sido del todo halagüeños. No podemos descalificar apriorísticamente estas ciencias, pues han colaborado en no pocos casos en el desarrollo de la vida fraterna en comunidad. El problema se plantea cuando se quiere fundamentar y renovar la vida fraterna en comunidad apoyándose exclusivamente en esas ciencias, perdiendo de vista el fundamento esencial de la vida fraterna en comunidad.

Materia de este ensayo será encuadrar la ayuda que una de estas ciencias, la psicología específicamente, puede dar a la vida fraterna en comunidad, cuando se respeta y se promueve el fundamento de esta vida fraterna en comunidad. Para ello buscaremos los elementos esenciales de esta vida fraterna en comunidad y así analizar la aportación específica de la psicología de la comunicación a estos elementos esenciales, procurando llegar a conclusiones prácticas para aumentar la calidad de la vida fraterna en comunidad, en especial de las comunidades femeninas.

Una adecuada visión de la vida fraterna en comunidad.
“La comunidad religiosa es un don del Espíritu, antes de ser una construcción humana.
Efectivamente, la comunidad religiosa tiene su origen en el amor de Dios difundido en los corazones por medio del Espíritu, y por él se construye como una verdadera familia unida en el nombre del Señor.
Por lo tanto, no se puede comprender la comunidad religiosa sin partir de que es don de Dios, de que es un misterio y de que hunde sus raíces en el corazón mismo de la Trinidad santa y santificadora, que la quiere como parte del misterio de la Iglesia para la vida del mundo.”

Nuestra investigación de la vida fraterna en comunidad parte de este hecho: “antes de ser un proyecto humano, la vida fraterna en común forma parte del proyecto de Dios, que quiere comunicar su vida de comunión.” 
(
VFC 7).

No podemos lanzarnos a descubrir los elementos esenciales de la vida fraterna en comunidad, olvidando su carácter y fundamento en el misterio del amor de Dios. Este es el núcleo, la esencia de la vida fraterna en comunidad. Olvidar este elemento es reducir la vida fraterna en comunidad a un agregado social o psicológico, en donde la comunidad
se ve como la agregación de seres humanos unida en un destino común para alcanzar metas entre sí afines o semejantes.

Partir de Cristo, como centro de la comunidad implica el ver la vida fraterna en comunidad como un don, un lugar en donde se llega a ser hermanos y un lugar y sujeto de la misión (VFC, 7).

Teniendo estas tres premisas como base podemos constatar como elemento esencial de la vida fraterna en comunidad el don de la comunión entre los miembros, que no es sino una manifestación y prolongación del amor de Dios al hombre, amor que se materializa en dos elementos de unión y de unidad entre los miembros:
“uno más espiritual: la «fraternidad» o «comunión fraterna», que parte de los corazones animados por la caridad; éste subraya la «comunión de vida» y la relación interpersonal; el otro más visible: la «vida en común» o «vida de comunidad», que consiste «en habitar en la propia casa religiosa legítimamente constituida» y en «vivir una vida común» por medio de la fidelidad a las mismas normas, por la participación en los actos comunes y por la colaboración en los servicios comunitarios. Todo se vive «según un estilo propio» en las diversas comunidades, según el carisma y el derecho particular del instituto.” (VFC, 3).

No es simplemente la observancia de unas normas y horarios comunes o el participar de un mismo carisma lo que hace posible la vida fraterna en comunidad, ya que si tomamos en cuenta el segundo elemento –la posibilidad de llegar a ser hermanos- hablamos por tanto de una dinámica que requiere no sólo la participación en aspectos comunes, o el saber compartir las cargas y trabajos apostólicos, sino la posibilidad de ver y acoger en el otro la persona de Cristo. Para ello será necesario un gran espíritu de fe, pues ver en el otro a Cristo, implica creer que Cristo es el otro, a pesar de lo que es y de lo que puede ser para la persona en particular, a pesar de sus deficiencias.

Este espíritu de fe no se improvisa en el momento en que la religiosa llega a su nueva comunidad de destino.
Es algo que se prepara desde que se dan los primeros pasos en la formación inicial.
Requiere una gran dosis de ascesis para saber renunciar al yo y comenzar a pensar en clave de nosotros, esto es Cristo y yo. No son ya yo y los otros.
Deberían ser Cristo y yo.

Ver en la otra religiosa a Cristo es también una labor cotidiana, que requiere una constante vigilancia para estar atenta a las necesidades materiales y espirituales de todos los miembros de la comunidad.
El tener esta visión de fe, permite que cada mujer consagrada salga de sí misma
y se done a las demás, porque verá en ellas a Cristo.
Las motivaciones humanas y psicológicas pueden servir para ayudar a caracteres menos dotados en las relaciones sociales a abrirse a las demás en la vida fraterna
en comunidad.

No debemos sin embargo menosprecias la motivación por excelencia: enseñar a ver en las otras a Cristo. Saber que un servicio, una mirada, una delicadeza se hace no a la persona en sí mismo, sino a Cristo, representada en la persona.
Quien comienza a ver la comunidad con esta visión de fe, se abre a mecanismos insospechados de seguridad personal y transformación de la personalidad, pues se enseña a servir y a abrirse a la comunidad en base a una visión de fe que deberá acompañarla y acrecentar durante toda su vida consagrada.

Por último, en la vida fraterna en comunidad no puede faltar el elemento de la misionariedad, pues “la comunión genera comunión y se configura esencialmente como comunión misionera… 
La comunión y la misión están profundamente unidas, se compenetran y se implican naturalmente, hasta el punto de que la comunión representa la fuente y, al mismo tiempo, el fruto de la misión, la comunión es misionera y la misión es en orden a la comunión”

(VFC, 58).

Estos elementos esenciales de la vida fraterna en comunidad, como son el don de Dios, el lugar donde se hacen hermanos y el lugar y sujeto de la misión, no cobran vida en forma automática, sino es a través
de un trabajo paciente de ascesis personal, porque “la comunidad sin mística no tiene alma, pero sin ascesis no tiene cuerpo. 
Se necesita «sinergia» entre el don de Dios y el compromiso personal para construir
una comunión encarnada, es decir, para dar carne y concreción a la gracia y al don de la comunión fraterna.”
(VFC, 23).

No basta simplemente con querer el bien de la comunidad o tener fe para ver a Cristo en los miembros de la comunidad.
Conviene acrecentar este espíritu de fe en la oración y en la ascesis, puesto que con la oración se aumentará la fe en la creencia que los miembros de la comunidad son otros Cristos y por medio de la ascesis se empezará a salir de sí mismo para servir al otro, como si fuera Cristo.

La oración es un medio privilegiado si la religiosa quiere ver a Cristo en las otras religiosas que forman parte de su comunidad.
La oración, bien sea personal o comunitaria le hará partícipe de un mismo Señor y así fortalecerá sus lazos de hermandad con las otras religiosas, sintiéndose una con ellas, amadas todas por el mismo Padre. Participar de la Eucaristía le hará ver la participación de todas en el Amor, viendo a otro Cristo en aquella que comulga del mismo Cuerpo y de la misma Sangre.
“En nadie, por tanto, puede debilitarse la convicción de que la comunidad se construye a partir de la Liturgia, sobre todo de la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos. Entre éstos merece una renovada atención el sacramento de la reconciliación, a través del cual el Señor aviva la unión con Él y con los hermanos.”
(VFC, 14)

Sin la renuncia a sí mismo es muy difícil construir comunidad. Pero esta renuncia debe tener una motivación profunda, si se quiere que la comunidad esté fundamentada verdaderamente en Cristo.
La motivación profunda será el amor a Cristo, manifestado a cada uno de los miembros de la comunidad.
“El ideal comunitario no debe hacer olvidar que toda realidad cristiana se edifica sobre la debilidad humana.” (VFC, 26).

No es a pesar de las deficiencias de la hermana o de las hermanas que se construye
la comunidad, sino que es con las deficiencias de las hermanas con las que se
construye la comunidad, lo cual exige “el coraje de la renuncia a sí mismos en la aceptación y acogida del otro, a partir de la autoridad.” (VFC, 23).

Así, desde el inicio de la formación y durante el largo recorrido de la vida consagrada es muy conveniente que se “erradiquen las ilusiones de que todo tiene que venir de los otros y se ayude a descubrir con gratitud todo lo que se ha recibido y se está recibiendo de los demás. Hay que preparar desde el principio para ser constructores y no sólo miembros de la comunidad, para ser responsables los unos del crecimiento de los otros, como también para estar abiertos y disponibles a recibir cada uno el don del otro, siendo capaces de ayudar y de ser ayudados, de sustituir y de ser sustituidos.” (VFC, 23.

Y es así como se va haciendo realidad uno de los elementos esenciales de la vida fraterna en comunidad, que le da cohesión y soporte: el amor al hermano, basado en el amor a Cristo, de modo que “la comunidad se convierte en una «Schola Amoris» (escuela de amor) para jóvenes y adultos; una escuela donde se aprende a amar a Dios y a los hermanos y hermanas con quienes se vive, y a amar a la humanidad necesitada de la misericordia de 
Dios y de la solidaridad fraterna.”
 (VFC, 25)

Este amor no es sólo un sentimiento o una emoción pasajera, sino que es libertad que elige el bien del otro por encima del bien individual. “El amor de Cristo, derramado en nuestros corazones, nos impulsa a amar a los hermanos y hermanas hasta asumir sus debilidades, sus problemas, sus dificultades; en una palabra, hasta darnos a nosotros mismos.” (VFC, 21).
Este amor implica un ejercicio constante de renuncia a sí mismo “un paciente entrenamiento y una lucha para superar la simple espontaneidad y la volubilidad de los deseos. 
El altísimo ideal comunitario implica necesariamente la conversión de toda actitud que obstaculice la comunión.”
(VFC, 23)

Pasando a lo concreto, cada religiosa de la comunidad deberá “cultivar las cualidades requeridas en toda relación humana: educación, amabilidad, sinceridad, control de sí, delicadeza, sentido del humor y espíritu de participación (…) la alegre sencillez, la sinceridad y la confianza mutuas, la capacidad de diálogo, la adhesión sincera a una benéfica disciplina comunitaria.” (VFC, 27).

Bien podría servir cada una de estas cualidades como punto de referencia para
redactar un programa comunitario y así aumentar la calidad de vida de la vida fraterna en comunidad.
Si bien estos elementos deben ser vividos en forma individual, podemos señalar a hacer de la vida comunitario un don, un lugar para ser hermanos y un lugar para la misión: “celebrar fiesta juntos, concederse momentos personales y comunitarios de distensión, tomar distancia de vez en cuando del propio trabajo, gozar con las alegrías del hermano, prestar atención solícita a las necesidades de los hermanos y hermanas, entregarse generosamente al trabajo apostólico, afrontar con misericordia las situaciones, salir al encuentro del futuro con la esperanza de hallar siempre y en todas partes al Señor.” (VFC, 28)

La ayuda de la psicología de la comunicación en la vida fraterna en comunidad.
Los medios que hemos citado en el capítulo anterior pasan de alguna manera por el fenómeno humano de la comunicación.
“En el proceso de renovación de estos años aparece que la comunicación es uno de los factores humanos que adquieren una creciente relevancia para la vida de la comunidad religiosa. La exigencia más sentida de incrementar la vida fraterna de una comunidad lleva consigo la correspondiente necesidad de una más amplia e intensa comunicación.” (VFC, 29).

Siendo entonces la comunicación un factor humano conviene utilizar una ciencia humana para estudiar adecuadamente este fenómeno, aprovechando los descubrimientos y técnicas que puedan aportar al proceso de la comunicación en las comunidades religiosas femeninas. Nos referimos a la psicología, y en específico a la psicología de la comunicación.
Como toda rama de la psicología, busca aplicar los conocimientos que ha adquirido de la conducta humana al campo de la comunicación, describiendo el fenómeno, sus problemas, con sus posibles causas y soluciones, así como el proyectar ayudas para programar una comunicación más sana, expedita y enriquecedora.

Cabe hacer notar que la psicología no debe sustituir a la espiritualidad, sino que la complementa, a condición de que la psicología “esté abierta a otras disciplinas y a la fe; que tenga sensibilidad y respeto por la dignidad del ser humano; que evite absolutismos o reduccionismos interpretativos; que esté abierta a una renovada psicopedagogía 
de la virtud.”

De ahí que en el estudio de la psicología de la comunicación aplicado a las comunidades religiosas femeninas debemos tomar siempre en cuenta que si no se da la voluntad de querer el bien de la hermana, basado en una visión de fe y sustentado por el amor a la vocación y el amor al propio Instituto religioso, poco o nada podrá hacer la psicología.
Esta ciencia no sustituye la parte espiritual y mística del amor que debe reinar en las comunidades religiosas.
“Se trata de medios excepcionales que deben ser valorados prudentemente y que pueden ser utilizados con moderación por comunidades deseosas de derribar el muro de separación que a veces se levanta dentro de la misma comunidad. Las técnicas humanas pueden ser útiles, pero no son suficientes. 

Es necesario para todos querer de verdad el bien del hermano, cultivando la capacidad evangélica de recibir del otro todo lo que desean dar y comunicar, y, de hecho, comunican con su misma existencia. «Tened unos mismos sentimientos y un mismo amor; sed cordiales y unánimes. Con gran humildad, estimad a los otros como superiores. Buscad los intereses de los otros y no sólo los vuestros. Tened entre que tuvo Cristo Jesús» (Fil 2,2-5).

Sólo en este clima las diversas formas y técnicas de comunicación, compatibles con la vida religiosa, pueden alcanzar resultados que favorezcan el crecimiento de
la fraternidad.” (VFC, 33).

Lo que no se logre con el amor a Cristo y a las hermanas, la psicología no lo podrá sustituir.
Cabe hacer la aclaración que algunas religiosas pueden presentar dificultades psicológicas que afectan la vida de comunidad.

En esos casos estamos hablando de verdaderas patologías y ahí la psicología puede venir en ayuda de estas hermanas para corregir y estimular los errores que se pueden dar a nivel de la comunicación.
Pero nunca podrán suplantar la voluntad de querer participar activamente en la comunidad religiosa. “Existen, por otra parte, situaciones y casos en los que es necesario recurrir a las ciencias humanas, personas claramente incapaces de vivir la vida comunitaria por problemas de madurez humana y de fragilidad psicológica o por factores prevalentemente patológicos.

El recurso a estas intervenciones ha resultado útil no sólo como terapia, en casos de psicopatología más o menos manifiesta, sino también como prevención para ayudar a una adecuada selección de los candidatos y para acompañar, en algunos casos, al equipo de formadores a afrontar problemas específicos pedagógico-formativos.

Podemos hablar que existen ciertas zonas oscuras en el ser humano que si bien no se presentan como una fuerte patología, pueden impedir fuertemente el cumplimiento del ideal de la vida consagrada.
La superiora y la directora espiritual, sin ser ni llegar a convertirse en psicólogas, conviene que tengan algunos conocimientos para ayudar a sobrellevar o superar estas zonas oscuras, dependiendo de la gravedad de las mismas.
Si estas zonas oscuras son más profundas, entonces estaremos hablando de una patología digna de ser tomada en consideración por un especialista. “En todo caso, en la elección de los especialistas, hay que preferir a una persona creyente y que conozca bien la vida religiosa y sus propios dinamismos. Y tanto mejor si es una persona consagrada. 

El uso de estos medios, por último, resultará verdaderamente eficaz si se hace con discreción y no se generaliza, incluso porque no resuelven todos los problemas y, por lo mismo, «no pueden sustituir a una auténtica dirección espiritual»”.
(VFC,38)

(CATHOLIC. NET)

Publicada on 02/05/2011 at 20:32  Comentarios desactivados  
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

%d personas les gusta esto: